Por: Mariela Bianco y Michelle Chauvet

NUESTRA SITUACION DE PARTIDA

La pandemia que vivimos tiene dimensión planetaria. La interconexión a nivel global es tan real que la enfermedad se expandió desde su origen en China a los restantes continentes en unas pocas semanas y el mundo entero quedó sumergido en una misma crisis que es bastante más que sanitaria. En un mundo extremadamente conectado e interdependiente, la superación de la pandemia reclama estrategias multidimensionales que articulen lo socioeconómico, con lo ambiental, comercial, y político. Como resulta obvio, las cuestiones urgentes giran en torno a la provisión de insumos médicos, producción de vacunas y tratamientos para las afecciones provocadas por el coronavirus. Quizás, es menos obvio que algunas cuestiones estratégicas deberían enfocarse en la producción de alimentos, su circulación mundial y los patrones alimenticios asociados, de una manera distinta a la que ha sido impulsada por el modelo de agricultura industrial. En efecto, éste viene provocando efectos negativos en el ambiente y la salud que ante el COVID-19 se revelan y nos movilizan para reflexionar. En el mercado mundial se comercian alimentos baratos y uniformes, que dejan profundas huellas ecológicas a partir de procesos de deforestación, contaminación de suelos, agua y aire al trasladar de un extremo al otro del planeta materias primas y alimentos basados en una extracción desmedida de recursos naturales. Estas acciones han perturbado el hábitat de la vida silvestre y provocado un contacto más estrecho de ésta con las personas; de esa forma se ha amplificado el pasaje de patógenos propios de otras especies hacia los humanos. Muchos especialistas señalan que las alteraciones acumuladas del ecosistema han estado en el origen de epidemias como el SIDA, el virus del Ebola, y el SARS (EPS, 2020). 

El vínculo entre la nutrición, el bienestar y la salud de las personas es evidente. Nuestro sistema inmunológico se fortalece conel acceso a alimentos frescos, sanos, nutritivos y, por supuesto, en cantidades suficientes. La relación entre el consumo de alimentos y la salud se jerarquiza en virtud de que afecciones de alto riesgo para el COVID-19 tienen vínculo directo con las formas de alimentación. Así, una dieta insuficiente o de mala calidad produce tanto desnutrición como sobrepeso y obesidad, que han sido identificados como factores de alto riesgo para la enfermedad causada por el SARS-COV-2. 

Según datos recientes publicados en el informe The State of Food Security and Nutrition in the World, existían en el mundo 690 millones de personas desnutridas en 2019, antes del COVID-19 (FAO, 2020). Esta estimación indica que el 8,9% de la población tiene una dieta insuficiente para proporcionar los niveles de energía alimentaria necesarios a efectos de mantener una vida normal activa y saludable (prevalencia de la desnutrición). La región de América Latina y el Caribe registra un panorama desalentador en el escenario prepandemia dado que esta prevalencia viene aumentando de manera sostenida desde 2015 para involucrar a más de 47 millones de personas en 2019 (FAO, 2020). 

El mismo reporte ubica a la región latinoamericana en una situación también comprometida en términos de prevalencia de la inseguridad alimentaria severa que aumenta desde 2014 (FAO, 2020). Este indicador refleja el porcentaje de la población que enfrenta dificultades para acceder a alimentos, involucrando a más de 57 millones de personas en 2019. La brecha de género es particularmente acentuada, siendo las mujeres quienes padecen de forma más aguda la falta de alimentos tanto a nivel moderado como severo en el continente. Esta situación influye negativamente en la calidad de la dieta alimenticia a la que acceden (menos carne, productos lácteos, frutas y vegetales).

Parece evidente que la expansión del COVID-19 no puede sino agravar esta situación de partida. Es lógico esperar que ante interrupciones en las cadenas de abastecimiento a nivel global, los territorios concretos que registraban situaciones de vulnerabilidad asociadas a inseguridad alimentaria y nutrición, empeoren a partir de la pandemia. No obstante, creemos que precisamente por ello existe una ventana de oportunidad para lidiar con la inseguridad alimentaria favoreciendo alternativas enfocadas en la provisión y consumo no globalizado, fortaleciendo sistemas productivos diversificados que apuesten a conciliar la sustentabilidad a nivel económico, social, ambiental. ¿Por qué?

Las medidas de cuarentena y confinamiento adoptadas por la mayoría de los Estados encendieron una luz de alerta en varias sociedades acerca de las eventuales dificultades para sostener adecuadamente la provisión de alimentos. Las restricciones dificultan el acceso a los alimentos (por escasez y/o altos precios), especialmente para los grupos pobres y vulnerables. Y es que el sistema agroalimentario mundial se basa en la producción de grandes cantidades de alimentos estandarizados que circulan a nivel internacional vehiculizados por un conjunto concentrado de corporaciones (Gaitan-Cremaschi et al., 2019). Estos grandes conglomerados, que se articulan con cadenas internacionales de commodities y alimentos procesados, han incidido en las decisiones acerca de qué modelos agrícolas se expanden y cómo se alimenta la población en gran parte del planeta. Irónicamente, el modelo opera a nivel planetario igual que la pandemia.

Los sistemas agrícolas cada vez más homogéneos y con predominio del monocultivo acarrean repercusiones ambientales y a la salud como es el caso, por ejemplo, del debatido uso de herbicidas químicos que contienen glifosato. Estudios recientes han reportado que este tipo de herbicidas son disruptores hormonales que afectan a las células humanas, a la vez que su toxicidad se potencia porque las fórmulas comerciales combinan otros ingredientes no inertes como pueden ser metales pesados (cobalto, níquel, plomo y arsénico). No obstante, al no ser el principio activo del herbicida, estos componentes no son objeto de evaluación por las agencias reguladoras (Defarge et al., 2018). Recientemente, la gran agricultura industrial, ha entrado en la denominada etapa de agricultura 4.0, basada en el uso de herramientas tecnológicas digitales, plataformas de datos masivos, robots y sensores remotos, entre otros, liderada por un grupo reducido de grandes compañías intersectoriales y deslocalizadas (Mooney, 2019) que minimizan el trabajo humano para dar paso a una agricultura sin personas. Estas empresas se fusionan permanentemente incursionando en el sector de las semillas, los agroquímicos, la maquinaria agrícola, las comunicaciones y el comercio digital. A medida que este modelo avanza, la soberanía alimentaria disminuye y la alimentación de “la gente de a piequeda sujeta a decisiones que se toman a miles de kilómetros de distancia de donde se desarrolla su vida cotidiana. La emergencia sanitaria está dificultando el acceso a los alimentos, especialmente para los grupos pobres y vulnerables, por restricciones a la movilidad pero sobre todo porque sus medios de vida han quedado suprimidos. La noción de soberanía alimentaria refiere a la capacidad de los países, o de los pueblos dentro de éstos, para definir sus propias políticas de producción agrícola y de alimentación en armonía con sus contextos socioeconómico, cultural y ecológico y sin poner en peligro la seguridad alimentaria de las generaciones futuras. Creemos que en este tiempo de cuarentena y confinamiento podemos robustecer espacios de soberanía alimentaria a partir del fortalecimiento de agriculturas alternativas y el consumo razonado de alimentos de calidad que puedan permanecer en los escenarios de post-pandemia. 

ALGUNOS POSIBLES PUNTOS DE LLEGADA

En este panorama rápidamente enunciado, parece pertinente transitar hacia agriculturas más equitativas, capaces de proveer alimentos de calidad nutricional, asequibles y sostenibles a nivel socioambiental. Promover cambios a nivel planetario exige grandes transformaciones sistémicas de largo aliento en las formas de producción, procesamiento y distribución de productos agrícolas (Faure et al., 2013). Sin embargo, hay acciones concretas que pueden emprenderse a nivel local y regional para lidiar hoy con la pandemia y que a la vez pueden colaborar con un proceso de más largo aliento hacia la construcción de sistemas alimentarios más autónomos que mejoren la calidad de las dietas a partir de un mayor consumo de alimentos frescos que de productos procesados, y con disponibilidad para todos los grupos vulnerables. Ello involucra fortalecer iniciativas que ya existen a lo largo de todo el continente como son: los procesos de transición hacia modelos agroecológicos que den paso a sistemas alimentarios sostenibles y resilientes; el impulso a los mercados de cercanías o abastos locales, las canastas de verduras comercializadas por los propios agricultores o las ferias campesinas, las huertas urbanas, entre otras; el aumento de políticas que fortalezcan la agricultura familiar y campesina, por ejemplo a través de reservas de mercado en las compras de las instituciones estatales; y focalizar acciones específicas dirigidas a los grupos más vulnerables, como hemos visto que son las mujeres. La meta de estos esfuerzos es buscar la imprescindible reconexión con la naturaleza; innovar en métodos productivos sustentables cuya producción además de minimizar el impacto sobre el ambiente garantice alimentos nutritivos y accesibles para la población en su conjunto.

Afortunadamente, existen diversas experiencias e iniciativas que apuntan en la dirección enunciada y que progresivamente van dando cuenta de un movimiento, que igual que la pandemia, se va dando a escala mundial. En distintos contextos se han documentado procesos de transformación hacia sistemas agrícolas basados en la diversidad, la articulación de conocimientos y la eficiencia en el uso de recursos locales, que sustentan un mejor bienestar para las comunidades involucradas. Su multiplicación no es exponencial como la expansión del nuevo coronavirus, pero en publicaciones varias se registran casos de transición hacia sistemas agroalimentarios más autónomos. La situación actual ha puesto en la mesa de la discusión que hay que provocar y apoyar cambios; es alentador saber que ya se estén dando pasos en esa dirección de reconciliación con el ambiente y reforzamiento de procesos de resiliencia. En América Latina, la Revista Agroecología recoge desde hace varios años estudios locales y perspectivas para la reconversión agrícola en diversos países. En otras latitudes, un reporte reciente documenta experiencias en sectores agrícolas de Estados Unidos, China, Francia, Tanzania y España (IPES-Food, 2018). Cerramos esta nota reseñando brevemente tres iniciativas que tienen lugar en nuestro continente con el propósito de que su conocimiento pueda estimular la reflexión de colegas e inspirar iniciativas similares.

Bioleft: una iniciativa de semillas abiertas para la conservación, difusión y mejoramiento colaborativo 

El acceso a semillas es un aspecto clave para cualquier agricultura. Sin embargo, su disponibilidad está cada vez más restringida, se concentra en un número reducido de variedades que integran paquetes tecnológicos comerciales que son ofrecidos de forma homogénea en distintos territorios y contextos socioculturales. La pandemia ha puesto de manifiesto la necesidad de enfocar esfuerzos en iniciativas que puedan contrarrestar estas tendencias operando desde lo local y apostando al intercambio de conocimientos. Con la lógica de innovación abierta y colaborativa Bioleft es una iniciativa para incrementar la disponibilidad de más y mejores variedades de semillas, tanto para sostener diferente tipos de agricultura como incrementar la soberanía alimentaria. Bioleft impulsa la circulación del material genético de las semillas con fines de investigación a través de dos iniciativas básicas. La primera consiste en un instrumento legal para la transferencia de semillas libres para fines de investigación y desarrollo así como registro de nuevas variedades que opera en paralelo con cualquier legislación de propiedad intelectual vigente. La segunda implica el mapeo de variedades de semillas que se intercambian, los intercambios, y las mejoras continuas de esos materiales genéticos a través de su registro en una plataforma web. Se intenta así generar un banco de semillas vivo expandido en una red colaborativa de campos de experimentación potencialmente mucho más amplia que cualquier red privada. El desarrollo participativo de semillas entre agricultores y mejoradores es una de sus apuestas de Bioleft comenzó en el Centro de Investigaciones para la Transformación de Argentina y realiza actividades en colaboración con instituciones de investigación de México y organizaciones sociales de otros países del continente (Fuente: https://www.bioleft.org).

Comunidades cafetaleras agroecológicas: sistemas alimentarios en Veracruz, México

La producción agroecológica de café en municipios de Veracruz en México dio lugar luego de varios años a la creación de AgroEco®, un café con certificación orgánica que opera en una cadena corta de producción. Este café, que se dirige a un segmento de muy específico del mercado, que incluye compradores institucionales y particulares, es el resultado de un proceso de reconversión productiva de familias y cooperativas que producían café convencional. El proceso de transición agroecológica colectiva llevó aproximadamente cinco años logrando reducir progresivamente el hambre estacional y la inseguridad alimentaria en las comunidades así como aumentando la fuente de ingresos de las familias cafetaleras. Entre los cambios domésticos que se registran en el bienestar de las familias destaca el hecho de que en la gran mayoría de los hogares involucrados se consumen diariamente mas de seis grupos de alimentos. La transición implicó la participación activa de mujeres y jóvenes en la transformación de las prácticas productivas, la elaboración de insumos agrícolas a nivel local, la diversificación de la dieta y la promoción de procesos de aprendizaje horizontal entre familias de agricultores e investigadores. Un porcentaje adicional del precio pagado por el producto se destina a financiar proyectos innovadores relacionados con el café seleccionados por las propias comunidades. El proceso fue impulsado inicialmente por la Red de Agroecología Comunitaria, una ONG iniciada por investigadores de la Universidad de California y Santa Cruz. (Fuente: IPES-Food, 2018). 

Punto Verde: productos orgánicos de Uruguay

Desde hace dos décadas, una cooperativa de productores de la zona de Canelones cultiva frutas y hortalizas certificadas orgánicas por la Red Nacional de Agroecología. El colectivo, integrado por una decena de familias, se organiza para producir en unas 70 hectáreas en las que cultivan más de 40 diferentes rubros, fundamentalmente en invernáculos que han podido instalar con apoyo de diferentes programas estatales. Su producción se comercializa a través de diferentes modalidades que incluyen canastas organizadas por la cooperativa, venta en una de las grandes cadenas de supermercados del país, y recientemente en un local propio ubicado en el centro de Montevideo. La cooperativa gestiona un laboratorio para la elaboración de bioplaguicidas a partir de hongos entomopatógenos que afectan a las plagas específicas de los cultivos pero son inocuos para la salud y el ambiente. Estos controladores biológicos son elaborados a nivel local como alternativa al uso de productos químicos comerciales. Uno de ellos, utilizado desde hace años por la cooperativa para combatir plagas en los cultivos hortícolas, se encuentra en proceso de registro oficial por parte del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca para habilitar su comercialización masiva a otros productores (Fuente: La Diaria, 2019).

Resumen

La convocatoria a este número de la revista Debates sobre Innovación describe el fenómeno de la pandemia de COVID-19 como un episodio abrupto y disruptivo, que altera simultáneamente relaciones sociales de diverso tipo y ocurre a nivel planetario. Episodios como éste provocan efectos que se manifestarán con mayor o menor intensidad a lo largo del tiempo, pero también habilitan posibilidades de cambio para aspectos centrales de la vida humana que antes parecían inamovibles. En esta breve nota de opinión, queremos centrar la atención sobre la pertinencia de generar oportunidades de cambios vinculados a los hábitos de producción, circulación y consumo de alimentos en América Latina que se traduzcan en innovaciones sustentables, ante el incremento de la exclusión social y deterioro ambiental.

Citas

Defarge N., Spiroux de Vendômois J., Séralini G.E. (2018). Toxicity of formulants and heavy metals in glyphosate-based herbicides and other pesticides. Toxicology Reports, 5: 156-163.

FAO, IFAD, UNICEF, WFP and WHO (2020). The State of Food Security and Nutrition in the World 2020. Transforming food systems for affordable healthy diets. FAO,  https://doi.org/10.4060/ca9692en

Faure G., Coudel E., Soulard C.T., Devautour, H. (2013). Reconsidering innovation to address sustainable development. En E. Coudel (Ed.), Renewing innovation systems in agriculture and food: How to go towards more sustainability? (pp. 17-33). Wageningen Academic Publishers.

Gaitan-Cremaschi D., Klerkx L., Duncan J., Trienekens J.H., Huenchuleo C., Dogliotti S., Contesse M.E., Rossing W. (2019). Characterizing diversity of food systems in view of sustainability transitions: A review. Agronomy for Sustainable Development39(1). https://doi.org/10.1007/s13593-018-0550-2

IPES-Food (2018). Romper con los sistemas agrarios y alimentarios industriales: siete experiencias de transición agroecológica. http://www.ipes-food.org/_img/upload/files/CS2_web_ES.pdf

IPES-Food (abril 2020). El COVID-19 y la crisis en los sistemas alimentarios: Síntomas, causas y posibles soluciones.Comunicado del Panel Internacional de Expertos sobre Sistemas de Alimentación Sostenible. Recueprado el 25 agosto 2020 de http://www.ipes-food.org/_img/upload/files/COVID-19_CommuniqueES%281%29.pdf

La Diaria, 25 octubre 2019. MGAP se presta a habilitar bioplaguicida para su comercialización masiva. https://ladiaria.com.uy/politica/articulo/2019/10/mgap-se-presta-a-habilitar-bioplaguicida-para-su-comercializacion-masiva/

Mooney P. (2019). La insostenible Agricultura 4.0. Digitalización y poder corporativo en la industria alimentaria. Grupo ETC.

Revista Agroecología. 

https://revistas.um.es/agroecologia/issue/archive

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